Durante años, soñé con una vida diferente.
Una vida donde mis días no estuvieran dominados por alarmas, plazos de entrega y tráfico. Una vida donde el ruido de los coches fuera reemplazado por el canto de los pájaros, y donde pudiera salir de casa y encontrarme rodeado de selva tropical en cuestión de minutos.
Creía que una vez que llegara allí, todo se solucionaría.
En muchos sentidos, sí.
Hoy puedo ir en bicicleta a la playa con un termo de mate en la mochila. Practico yoga rodeada de bosques tropicales. Vivo en un lugar donde aún existe el silencio, y la naturaleza no es algo que visito, sino que forma parte de mi vida cotidiana.
Pero hubo algo que nunca esperé.
Nadie me dijo que aprender a bajar el ritmo implicaría volver a aprender desde cero.
Durante la mayor parte de mi vida, cada hora tenía un propósito. Constantemente trabajaba, enseñaba, estudiaba, creaba, me formaba y buscaba el siguiente proyecto. Mi identidad quedó profundamente ligada a la productividad.
Cuando ese ritmo desapareció, algo inesperado ocupó su lugar.
Silencio.
Y, sorprendentemente, el silencio no siempre se sentía como paz.
A veces se sentía como un vacío.
Durante un tiempo, me convencí de que había perdido la pasión. Quizás la fotografía ya no me inspiraba como antes. Quizás yo había cambiado.
Pero últimamente he empezado a preguntarme si está ocurriendo algo más.
Tal vez no perdí mi pasión.
Quizás simplemente estoy aprendiendo a vivir sin que la urgencia sea el motor que impulse cada día.
Una cosa es escapar del ruido.
Aprender quién eres una vez que el ruido desaparece es algo completamente diferente.
Todavía no tengo todas las respuestas.
Algunos días echo de menos la intensidad de mi vida anterior. Otros días, me siento profundamente agradecida de poder sentarme junto al mar sin mirar el reloj.
Me he dado cuenta de que el desafío no reside en elegir entre esas dos vidas.
Se trata de encontrar ese lugar donde la calma y la curiosidad puedan coexistir.
Porque una vida más pausada no nos da automáticamente un propósito.
Y una vida ajetreada no necesariamente nos brinda satisfacción.
Quizás el equilibrio no se trata de hacer más o hacer menos.
Quizás se trate de hacer espacio para las cosas que despiertan de nuevo nuestra curiosidad.
Sigo buscando ese lugar.
Pero algo ha cambiado.
Ya no intento convertirme en la persona que solía ser.
Me estoy convirtiendo en alguien nuevo.
Alguien que está aprendiendo que el propósito no siempre llega con ruido.
A veces aparece discretamente, mientras uno está sentado en la playa, abrazando a su pareja, al percatarse de una idea que pide suavemente ser explorada.
¿Alguna vez has sentido que, después de construir la vida con la que soñabas, tenías que aprender a vivir en ella?
Hoy en día, casi todo el mundo necesita bajar el ritmo y disfrutar de la vida. Solo estamos aquí por un corto tiempo. Cuando te das cuenta de que no puedes hacerlo todo, deberías bajar el ritmo para disfrutar de todo lo que sí tienes. Te pierdes mucho cuando vives a toda prisa. Cuanto más tarda la gente en darse cuenta de esto, más difícil les resulta ponerlo en práctica. La vida debe saborearse y disfrutarse.
Hace poco estuve de safari fotográfico en Sudáfrica y una de las mejores experiencias que tuve, y que disfruté muchísimo, fue la tranquilidad que reinaba en la reserva. Había gente alrededor y se oía el ruido de uno o dos vehículos de vez en cuando, pero no había televisión, ni radio, el acceso a internet era muy limitado, y ese caos era genial.
¡Muchísimas gracias por tus palabras, Jesse!
Hola cintia,
Me gustó mucho tu ensayo por dos razones: aprendí una lección personal; yo, a mis 77 años, nunca he logrado jubilarme por miedo a aburrirme. Cuando la jubilación sea inevitable, sabré que no viene acompañada automáticamente de calma y paz, sino que tendré que aprender a aceptar esos estados.
También he aprendido una lección que le transmitiré a mi hija, quien planea cambiar el ritmo de su vida dentro de dos años, una vez que sus hijos terminen la escuela. Es algo en lo que hay que pensar detenidamente y prepararse a largo plazo.
¿Sabías que los cursos de preparación para la jubilación no siempre incluyen esta importante lección? Podrías ser ponente invitado (;–))
Aclamaciones,
Claude Laurin
El equilibrio entre la calma y el no caer en el aburrimiento no es sencillo. Vivir mucho, o casi todo el tiempo, con uno mismo obliga a sanar, a convertirse en alguien con quien uno disfrute estar. Aprender a no hacer nada, para que de esa “nada” brote la inspiración. Detener el murmullo de un cerebro urbano y dejar hablar a una mente clara.
Escucharse, sembrar preguntas antes de dormir para despertar con respuestas. Afinar los sentidos hasta que se conecten mejor con el entorno. Son aprendizajes que no se enseñan en las instituciones, pero que necesitamos para volver a ser humanos capaces de habitar la naturaleza. ¡Feliz día Cintia! te mando un abrazo!
Excelente artículo Cynthia! El aprender a bajar el ritmo me está pasando luego de mi jubilación. ¡Pero vale la pena!
Gracias por la enseñanza !
Un abrazo.